Revista OACTIVA UC
La odontología peruana como profesión médica en su contexto internacional
que promueve una actualización permanente de marcos normativos y educativos. Este modelo ofrece un marco prácti-
co y aplicable para evaluar de forma ética la integración de IA en la práctica odontológica, recordando que el progreso
tecnológico debe ir acompañado por un fortalecimiento proporcional de la reflexión profesional (7).
DISCUSIÓN
La revisión de la literatura reciente permite reconocer una paradoja central en la incorporación de inteligencia artificial
en odontología: mientras su desarrollo técnico avanza con rapidez, su integración crítica en la formación profesional
y en el ejercicio ético es aún limitada y despareja. En otras palabras, el ritmo de la innovación supera al de la reflexión.
En palabras de Geoffrey Hinton, pronunciadas durante su discurso en el banquete del Premio Nobel (2024): “Si los be-
neficios del aumento de la productividad pueden compartirse equitativamente, será un avance maravilloso para toda
la humanidad.” Esta afirmación condensa uno de los dilemas más urgentes en torno a la inteligencia artificial: no solo
cómo se desarrolla o qué puede hacer, sino quién se beneficia con ella. En odontología, como en tantos otros campos,
el riesgo no es únicamente técnico: es que la tecnología agrande las brechas en lugar de cerrarlas, que reemplace en
lugar de complementar, que resuelva rápido lo que debería pensarse lento. El avance será ético si no es exclusivo; será
humano si mantiene nuestra capacidad de preguntar, decidir y cuidar.
El uso creciente de sistemas digitales opacos, cuya lógica interna resulta inaccesible para el usuario clínico, interpela
directamente al rol del profesional como agente autónomo. La dependencia de herramientas que no pueden auditarse
ni explicarse con claridad pone en tensión los pilares del juicio clínico, particularmente en contextos formativos donde
el criterio aún se está construyendo. Como muestran Roganović y col., los estudiantes manifiestan tanto desconoci-
miento como inquietud frente a estas tecnologías (2). Esa distancia entre uso y comprensión no puede naturalizarse:
formar profesionales éticamente responsables implica enseñar a pensar con y sobre la tecnología, no solo a utilizarla.
Pero ese desafío se complejiza si consideramos que quienes hoy transitan las aulas pertenecen a una generación que
ha crecido rodeada de pantallas, acostumbrada a la inmediatez de respuestas, notificaciones y estímulos múltiples.
Una generación que, como señalan muchos docentes, experimenta niveles crecientes de ansiedad y menor tolerancia
al vacío o a la espera.
Frente a este panorama, la educación superior no solo debe enseñar contenidos, sino reconstruir el valor del tiempo
para razonar, para dudar, para ensayar hipótesis que no estén preformateadas por un algoritmo. Necesitamos recupe-
rar, incluso pedagógicamente, el tiempo para jugar a pensar, para entrenar la reflexión crítica sin apuro ni dependencia
de la inmediatez tecnológica. Porque si no generamos estos espacios, la inteligencia artificial no solo desplazará fun-
ciones técnicas, sino también el derecho a la pausa, al pensamiento propio, al error productivo.
Por otro lado, la ausencia de marcos regulatorios robustos y de políticas institucionales claras contribuye a una imple-
mentación fragmentaria y riesgosa. En el ámbito académico, como señalan Tiwari y col., el uso de modelos generativos
como ChatGPT plantea dilemas de autoría, veracidad, dependencia y responsabilidad, que exigen ser discutidos abier-
tamente en el aula, en los comités de ética y en los órganos editoriales (6). La inteligencia artificial no es neutral: refleja
los sesgos, valores y estructuras de quienes la programan y de los datos que la alimentan.
En ese sentido, la ética profesional no puede ser reducida a un protocolo técnico ni delegada a un algoritmo. La re-
visión de Iorgulescu y col. recuerda que incluso en contextos de gran precisión y predictibilidad tecnológica, como
en cirugía o rehabilitación digital, el odontólogo sigue siendo el último responsable de las decisiones clínicas y sus
consecuencias (5).
Es precisamente en este cruce donde lo ético empieza a tomar cuerpo: cuando el uso de la tecnología se vuelve acríti-
co, cuando el sistema propone y el profesional acepta sin detenerse a evaluar por qué. La tecnología ya no solo procesa
datos, empieza a generar contenidos, imágenes, propuestas clínicas. Sin embargo, esas sugerencias no emergen del
vacío: aún dependen de la calidad de los datos con los que fue alimentada. Por ejemplo, una IA integrada a un escáner
intraoral puede sugerir un diseño protésico con notable precisión, pero si el conjunto de datos que la nutre es sesgado,
limitado o comercialmente orientado, sus recomendaciones también lo serán.
XI