Revista OACTIVA UC Cuenca.Vol. 10, No. 2, Mayo-Agosto, 2025.  
ISSN 2588-0624. ISSN Elect. 258802624. Universidad Católica de Cuenca  
EDITORIAL  
¿QUIÉN PROGRAMA NUESTRA ÉTICA?  
INTELIGENCIA ARTIFICIAL, ENSEÑANZA Y  
RESPONSABILIDAD EN ODONTOLOGÍA  
,
Casadoumecq - Ana Clara¹  
¹
Facultad de Odontología, Universidad de Buenos Aires, Argentina  
RESUMEN  
La inteligencia artificial (IA) avanza rápidamente en odontología, redefiniendo la práctica clínica, la educación y la re-  
flexión ética. Esta editorial propone una mirada crítica sobre su integración: desde el desconocimiento entre estu-  
diantes y profesionales hasta la falta de marcos regulatorios claros. A través de una revisión de literatura reciente y  
modelos como RAPID, se destacan los desafíos éticos y pedagógicos frente a sistemas opacos y herramientas que  
generan contenidos clínicos. Frente a una generación formada en la inmediatez digital, se propone recuperar el tiempo  
para pensar, dudar y decidir. Porque el problema no es solo qué puede hacer la IA, sino quién programa la ética con la  
que la usamos.  
Palabras clave: inteligencia artificial; ética; odontología; formación profesional; juicio clínico  
INTRODUCCIÓN  
La inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser una promesa futurista para instalarse como herramienta presente en di-  
versas áreas de la odontología y en la vida diaria. Desde sistemas de diagnóstico por imágenes hasta asistentes virtua-  
les, pasando por plataformas de educación digital y modelos de lenguaje generativo como ChatGPT, la transformación  
tecnológica desafía no solo la práctica clínica, sino también los marcos formativos y éticos que rigen nuestra profesión.  
En nuestra vida cotidiana, la IA ya interviene en aplicaciones que usamos todos los días: motores de búsqueda, filtros  
de correo no deseado, asistentes de voz, traducción automática, recomendaciones en plataformas y herramientas  
como ChatGPT, que incluso comienzan a formar parte del ámbito académico.  
Hablar de inteligencia artificial no remite a una única tecnología ni a una definición cerrada. El término engloba un  
abanico de sistemas que van desde algoritmos de aprendizaje automático hasta redes neuronales profundas, con dis-  
tintos grados de autonomía, complejidad y aplicaciones. En este escenario, los avances no llegan solos: los acompañan  
nuevos interrogantes. ¿Quién controla los algoritmos que sugieren diagnósticos? ¿Qué tipo de profesionales estamos  
formando si las herramientas digitales anticipan o incluso reemplazan parte del razonamiento clínico? ¿Nos damos  
espacio para razonar las devoluciones que nos indican las IA? ¿Cómo se protege la autonomía del paciente frente a de-  
cisiones asistidas por tecnologías cuyo funcionamiento no siempre es comprensible ni verificable para el profesional?  
Este tipo de sistemas, muchas veces llamados opacos, operan como “cajas negras” cuyos criterios internos permane-  
cen inaccesibles, ya sea por su complejidad técnica, por restricciones comerciales o por falta de formación específica.  
Esto plantea un desafío ético central: ¿puede el juicio clínico delegarse en herramientas que no podemos auditar?  
Este trabajo propone una reflexión situada sobre el vínculo entre inteligencia artificial, enseñanza y responsabilidad  
profesional en odontología. Frente al entusiasmo por las nuevas tecnologías, urge recuperar el debate ético, pedagó-  
gico y legal. Porque la verdadera pregunta no es qué puede hacer la IA, sino quién programa nuestra ética cuando la  
incorporamos sin un marco crítico.  
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La odontología peruana como profesión médica en su contexto internacional  
ESTADO DEL ARTE  
El uso de inteligencia artificial (IA) en odontología ha crecido de manera sostenida desde 2016, con aplicaciones desta-  
cadas en diagnóstico por imágenes, planificación quirúrgica y diseño protésico digital. Sin embargo, la integración de  
esta tecnología en la educación y la reflexión ética aún presenta vacíos importantes. Una revisión exploratoria reciente  
identificó que solo el 12,4 % de los estudios incluyó algún tipo de análisis ético explícito sobre el uso de IA, y más del  
96 % no compartió el código fuente ni los datos de entrenamiento utilizados, lo que limita la transparencia y la valida-  
ción externa de los resultados (1).  
Entre los principios éticos más citados en la literatura sobre IA dental se encuentran la prudencia, la equidad, la privaci-  
dad, la responsabilidad, la participación democrática y la solidaridad (1). Sin embargo, su abordaje suele ser superficial  
o parcial, lo que evidencia la necesidad de incorporar marcos éticos robustos en la investigación y la práctica odonto-  
lógica asistida por IA.  
Un estudio basado en encuestas realizado en 2023 reveló que tanto odontólogos como estudiantes de último año pre-  
sentan un bajo nivel de conocimiento sobre inteligencia artificial, con solo un 10,9 % de los participantes familiarizado  
con sus aplicaciones actuales (2). Además, un tercio de los estudiantes expresó dudas sobre la conveniencia de utilizar  
IA en odontología, señalando como principales preocupaciones la ausencia de regulación, los problemas de privacidad  
y el miedo al reemplazo profesional. Cabe destacar que las participantes mujeres identificaron con mayor frecuencia  
los dilemas éticos involucrados (2).  
En el ámbito educativo, la integración curricular de la IA en odontología es aún incipiente. Una revisión de literatura  
halló únicamente tres artículos enfocados en su incorporación formal a la enseñanza odontológica, pese al creciente  
uso clínico de estas herramientas (3). Los autores concluyen que existe una desconexión crítica entre la adopción tec-  
nológica y la formación de profesionales capaces de utilizarla con criterio.  
Otros estudios han abordado el impacto de la IA específicamente en áreas clínicas como la prótesis y la implantología,  
donde su aplicación ya muestra alta precisión en tareas como la clasificación de imágenes y la planificación quirúrgica.  
No obstante, persisten dilemas relacionados con la equidad, los sesgos algorítmicos y el acceso desigual a la tecnología  
en contextos de bajos recursos (4).  
La discusión bioética sobre tecnologías digitales más amplias, como la radiología 3D, el diseño digital de sonrisa, la  
cirugía asistida por computadora y la teledontología, también plantea cuestiones complejas en torno a la autonomía, la  
sobreutilización diagnóstica, el consentimiento informado y el riesgo de tratamientos motivados por fines comerciales  
antes que clínicos (5). La responsabilidad última recae sobre el profesional, quien no puede delegar sin una evaluación  
crítica su juicio clínico.  
Finalmente, la irrupción de modelos de lenguaje como ChatGPT en la investigación, la enseñanza y la práctica de la  
salud bucal pública ha renovado las discusiones sobre autoría, precisión científica y uso responsable. Un metaanálisis  
sistemático reciente resalta sus potenciales beneficios para la redacción científica, la educación y la organización de  
datos, pero advierte sobre limitaciones graves como el sesgo de entrenamiento, la creación de información no verifi-  
cada y la posibilidad de plagio o fraude académico (6).  
Estos estudios coinciden en un punto clave: si bien la IA puede complementar la toma de decisiones y optimizar proce-  
sos, la responsabilidad clínica, ética y pedagógica sigue siendo irrenunciablemente humana.  
Un aporte especialmente relevante en este panorama es el modelo RAPID, propuesto por Duggal y Tripathi, que adapta  
los principios bioéticos clásicos al contexto de la inteligencia artificial en odontología. El acrónimo RAPID resume cinco  
ejes críticos: Responsabilidad profesional, que reafirma la necesidad de mantener el juicio clínico humano sobre cual-  
quier recomendación algorítmica; Autonomía del paciente, garantizando que las decisiones asistidas por IA respeten  
su consentimiento informado; Protección de datos, que impone salvaguardas rigurosas sobre la privacidad digital;  
Inclusividad, para evitar que los sesgos algorítmicos reproduzcan desigualdades sociales; y Desarrollo ético continuo,  
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La odontología peruana como profesión médica en su contexto internacional  
que promueve una actualización permanente de marcos normativos y educativos. Este modelo ofrece un marco prácti-  
co y aplicable para evaluar de forma ética la integración de IA en la práctica odontológica, recordando que el progreso  
tecnológico debe ir acompañado por un fortalecimiento proporcional de la reflexión profesional (7).  
DISCUSIÓN  
La revisión de la literatura reciente permite reconocer una paradoja central en la incorporación de inteligencia artificial  
en odontología: mientras su desarrollo técnico avanza con rapidez, su integración crítica en la formación profesional  
y en el ejercicio ético es aún limitada y despareja. En otras palabras, el ritmo de la innovación supera al de la reflexión.  
En palabras de Geoffrey Hinton, pronunciadas durante su discurso en el banquete del Premio Nobel (2024): “Si los be-  
neficios del aumento de la productividad pueden compartirse equitativamente, será un avance maravilloso para toda  
la humanidad.” Esta afirmación condensa uno de los dilemas más urgentes en torno a la inteligencia artificial: no solo  
cómo se desarrolla o qué puede hacer, sino quién se beneficia con ella. En odontología, como en tantos otros campos,  
el riesgo no es únicamente técnico: es que la tecnología agrande las brechas en lugar de cerrarlas, que reemplace en  
lugar de complementar, que resuelva rápido lo que debería pensarse lento. El avance será ético si no es exclusivo; será  
humano si mantiene nuestra capacidad de preguntar, decidir y cuidar.  
El uso creciente de sistemas digitales opacos, cuya lógica interna resulta inaccesible para el usuario clínico, interpela  
directamente al rol del profesional como agente autónomo. La dependencia de herramientas que no pueden auditarse  
ni explicarse con claridad pone en tensión los pilares del juicio clínico, particularmente en contextos formativos donde  
el criterio aún se está construyendo. Como muestran Roganović y col., los estudiantes manifiestan tanto desconoci-  
miento como inquietud frente a estas tecnologías (2). Esa distancia entre uso y comprensión no puede naturalizarse:  
formar profesionales éticamente responsables implica enseñar a pensar con y sobre la tecnología, no solo a utilizarla.  
Pero ese desafío se complejiza si consideramos que quienes hoy transitan las aulas pertenecen a una generación que  
ha crecido rodeada de pantallas, acostumbrada a la inmediatez de respuestas, notificaciones y estímulos múltiples.  
Una generación que, como señalan muchos docentes, experimenta niveles crecientes de ansiedad y menor tolerancia  
al vacío o a la espera.  
Frente a este panorama, la educación superior no solo debe enseñar contenidos, sino reconstruir el valor del tiempo  
para razonar, para dudar, para ensayar hipótesis que no estén preformateadas por un algoritmo. Necesitamos recupe-  
rar, incluso pedagógicamente, el tiempo para jugar a pensar, para entrenar la reflexión crítica sin apuro ni dependencia  
de la inmediatez tecnológica. Porque si no generamos estos espacios, la inteligencia artificial no solo desplazará fun-  
ciones técnicas, sino también el derecho a la pausa, al pensamiento propio, al error productivo.  
Por otro lado, la ausencia de marcos regulatorios robustos y de políticas institucionales claras contribuye a una imple-  
mentación fragmentaria y riesgosa. En el ámbito académico, como señalan Tiwari y col., el uso de modelos generativos  
como ChatGPT plantea dilemas de autoría, veracidad, dependencia y responsabilidad, que exigen ser discutidos abier-  
tamente en el aula, en los comités de ética y en los órganos editoriales (6). La inteligencia artificial no es neutral: refleja  
los sesgos, valores y estructuras de quienes la programan y de los datos que la alimentan.  
En ese sentido, la ética profesional no puede ser reducida a un protocolo técnico ni delegada a un algoritmo. La re-  
visión de Iorgulescu y col. recuerda que incluso en contextos de gran precisión y predictibilidad tecnológica, como  
en cirugía o rehabilitación digital, el odontólogo sigue siendo el último responsable de las decisiones clínicas y sus  
consecuencias (5).  
Es precisamente en este cruce donde lo ético empieza a tomar cuerpo: cuando el uso de la tecnología se vuelve acríti-  
co, cuando el sistema propone y el profesional acepta sin detenerse a evaluar por qué. La tecnología ya no solo procesa  
datos, empieza a generar contenidos, imágenes, propuestas clínicas. Sin embargo, esas sugerencias no emergen del  
vacío: aún dependen de la calidad de los datos con los que fue alimentada. Por ejemplo, una IA integrada a un escáner  
intraoral puede sugerir un diseño protésico con notable precisión, pero si el conjunto de datos que la nutre es sesgado,  
limitado o comercialmente orientado, sus recomendaciones también lo serán.  
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Entonces, ¿quién alimenta esa IA?, ¿quién maneja la información que interpreta?, ¿bajo qué valores fue programada?  
Estas preguntas no solo deben hacerse los desarrolladores o los bioeticistas. También deben ser parte del aula, del  
debate entre docentes y alumnos.  
Si no generamos espacios para que los estudiantes piensen con autonomía, si no los invitamos a cuestionar y descon-  
fiar constructivamente de lo que la tecnología propone, estamos alimentando pasividad, reproduciendo dependencia.  
Necesitamos reconstruir el espacio del pensamiento activo, del error consciente, del juicio formado. Porque formar es  
también dar tiempo para que el otro piense.  
Frente a este escenario, se vuelve urgente el desarrollo de estrategias pedagógicas que integren de forma explícita  
la ética de las tecnologías emergentes en el currículo odontológico. No como un anexo, sino como una competencia  
transversal. La propuesta de Schwendicke y col. en torno a una formación estructurada en inteligencia artificial, con  
contenidos sobre justicia algorítmica, representación, evaluación de riesgos y gobernanza, constituye un punto de  
partida relevante (6).  
En definitiva, la ética no es un obstáculo para la innovación, sino su condición de posibilidad en profesiones como la  
nuestra, donde el vínculo con el paciente, la toma de decisiones clínicas y la formación de criterio son insustituibles. Lo  
innovador, hoy, es tener el coraje de discutir cómo, cuándo y por qué usamos la inteligencia artificial.  
CONCLUSIONES  
La inteligencia artificial llegó para quedarse, también en odontología. Su capacidad para optimizar procesos, apoyar el  
diagnóstico y expandir horizontes educativos es innegable. Pero su incorporación no puede ser ingenua ni acrítica. El  
profesionalismo en salud no se mide solo por la habilidad técnica, sino por la capacidad de decidir, asumir responsabi-  
lidad y actuar con criterio en contextos complejos.  
Los estudios revisados coinciden en una advertencia común: las tecnologías emergentes, por sí solas, no garantizan  
calidad, equidad ni ética. Su impacto depende de cómo se integren en la práctica clínica y en la formación profesional,  
y de si quienes las utilizan comprenden sus alcances, limitaciones y dilemas.  
Por eso, más allá del entusiasmo por lo novedoso, necesitamos cultivar una ética situada, que forme profesionales  
capaces de entender, evaluar y discutir las herramientas que emplean, y no solo de aplicarlas. Una ética que enseñe  
que decidir no es solo aceptar lo que el sistema sugiere, sino preguntarse, una y otra vez, quién diseñó ese sistema, con  
qué datos, para qué fines.  
En última instancia, la inteligencia artificial no reemplazará a quienes entienden por qué hacen lo que hacen, pero sí  
puede desplazar a quienes ya han renunciado a preguntárselo.  
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Revista OACTIVA UC  
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